Ferrari 328 GTB

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¿Un Ferrari en la sección ‘Cómpralo ya’? ¿Y por qué no? Aquí lo que intentamos es aprovecharnos de las oportunidades que nos ofrece el mercado durante un tiempo, aquel en el que un modelo está en su punto de inflexión.

Hoy todavía lo podremos adquirir por un precio razonable, a partir de mañana lo mismo se nos hace prohibitivo. Es una función prácticamente de broker automovilístico y, para este especial, hemos buscado una de las mejores opciones de la ‘cuadra’ de Maranello.

“Yo no quepo ahí dentro” Es lo primero que se me viene a la cabeza cuando me acerco a este Ferrari con cara de querer probarlo. Abro la puerta y casi me da vértigo pensar en embucharme en esos asientos. “Si entro, no salgo ni con agua caliente” En fin, lo primero es la obligación. Bueno, no, lo primero es la pierna derecha, pasándola por debajo del volante, con el empeine hacia abajo. Ahora doblo la rodilla, que choca con la palanca de cambios. Una, dos y tres, trasero a la banqueta, evitando el golpe en la crisma con el techo. Ya sólo falta plegar la pierna izquierda y tratar de salvar el estribo. ¡Atención!, que voy a cerrar.

Me dejo resbalar un poco hacia abajo para poder enderezar algo la cabeza. El volante me queda entre las rodillas y éstas casi no me dejan ver los relojes. Por algún sitio estará el cinturón, pero a ver como me vuelvo yo en esta angustia para buscarlo. Levantando un poco la rodilla derecha, me da para girar la llave por debajo y aquello cobra vida.

“-¿Vas un poco justo, no?” Me dice Manuel. “-Define ‘justo’”, me habría gustado contestarle, pero niego, sin embargo, mi justeza y me dispongo a acoplarme lo mejor posible a esta montura que, por otra parte, me encanta oir rugir. Dino debió haber sobrevivido a su padre, porque él tenía encomendada la misión de mejorar lo hecho por éste. Pero Dino se fue y con él las esperanzas de no caer en las garras de Fiat.

Pero a ver, a ver. No nos perdamos en disquisiciones cuasi filosóficas sobre la historia de Ferrari. Vamos a probarlo y a dar nuestra opinión sin meternos en harinas de otros costales.

Como por arte de magia estoy en una autovía donde exprimo, en el carril de aceleración, el empuje del motor ocho central. ¡Qué gozada! Lástima que la velocidad legal nos detenga. Dejo que vaya cayendo y lo vuelvo a revolucionar, sólo por el placer que da escucharle bramar por detrás de la nuca. Pero me aburro. Un Ferrari en una autopista es como meter una lancha planeadora en una piscina.

Llegamos al fin a una carretera algo más lógica para él Reviradita, pero con buen firme. De las que hacen frenar y, tras la curva, hay que volver a pisarle. Aquí sí se pasa bien. Traza plano por completo y pide guerra a la salida de la curva, pero con moderación. Si le das más de lo que pide, trallazo al canto.

Paro a cargar gasolina. Rumores de fondo en la gasolinera. Al volver a intentar arrancarlo, no va. Sigo intentándolo. Nada. Sonrisas de fondo en los de los rumores. Venga a darle con el motor de arranque, pero ni señales de vida. Y dale con las sonrisitas. Manuel ya se ríe abiertamente a mi lado y, por fin, me desvela que tiene un bloqueo del arranque que hay que desactivar con el mando a distancia. ¡Yo lo mato! El ridículo del Ferrari que no arranca no se lo perdonaré jamás.

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