Saab 900

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La Svenska Aeroplane Aktiebolaget (SAAB) anunciaba a bombo y platillo en 1983 su modelo 900 Turbo 16 como el primer coche con turbocompresor y dieciséis válvulas.

Estos “inventos” de los motores multiválvulas y la sobrealimentación influirían en la ingeniería automovilística de los años 80. Sin embargo, hay que decir que ambos elementos están presentes en la historia del automóvil desde la primera década del siglo XX.

En cualquier caso, no cabe regatearle aquí a Saab esa característica de pionera ni la enormemente fuerte personalidad de la que siempre ha hecho gala. A una empresa que nace en 1937 para fabricar aviones, que diseña en 1945 su primer coche por un grupo de ingenieros aeronaúticos (de los que sólo uno tenía permiso de conducir) y que, en su modelo de 1993, sigue trasmitiendo la sensación de sentarse en la carlinga de un avión más que al volante de un turismo; a una empresa así no se le puede negar que imprime su sello a sus productos. Bien es cierto que, en esto de la personalidad, luego vino General Motors con las rebajas. Una lástima.

Los Saab siempre han sido una atractiva mezcla de conservadurismo e innovación. Conservador es el que para desarrollar su modelo 900 en 1978 utilizara como base, sin esconderlo, a su inmediato predecesor el 99, pero va introduciendo novedades que abren camino y acaban marcando un estándar. Ejemplo práctico: Saab diseñó el salpicadero contabilizando el número de veces que se utilizaba un determinado botón o elemento. Los que más se usaban estaban más altos y accesibles. Otro ejemplo minimalista, pero esclarecedor, es el uso del primer filtro antipartículas en la aireación de un coche. Hoy es un elemento fijo, pero, repito, hablamos de 1978.

Aún hay más, en 1980 presenta el sistema APC (Automatic Performance Control), por el que el motor turboalimentado se adecúa al octanaje de la gasolina que su propietario ha tenido a bien cargarle, sin que genere ningún deterioro en dicho propulsor.

Rematemos este inicio diciendo que en 1984 un coche, con una estética rara, entre anticuada e hipermoderna, con turbo, con dieciséis válvulas, con tracción delantera y 175 CV; no era nada habitual. Vaya, por aplacar mi vena germánica, digamos que lo único parecido en el mercado era el Audi 200 Turbo.

Pero concentrémonos en el Saab 900 al que hemos decidido dedicarle nuestra sección de este número. Es un coche del que llama poderosamente la atención su envolvente, pero casi vertical, cristal delantero. Simultáneamente esa trasera, que ni es fast-back ni atisba un maletero, tampoco es convencional precisamente.

Puerta amplia, ruedas de aleación modernistas de tres gruesos radios, techo solar y un salpicadero con forma casi semicircular, que rodea al conductor. Sí, hemos probado un ejemplar de 1984 del modelo Turbo 16.

Es urbanita y agresivo a la vez. Si se le lleva tranquilo no se molesta por ello y hasta aparenta algo de pereza en baja. Pero si le pisamos el gas a fondo, se desata una tormenta en el vano motor y saca a relucir una patada brutal. Es de esos coches en los que un adelantamiento parece que va a resultar ajustado y al acabarlo nos han sobrado cien metros.

Como, por demás, su comportamiento es impecable no causa esa desazón de haber perdido el control. Al contrario, te engulle en los asientos y no te suelta hasta que no levantas el pie del acelerador. La precisión de su dirección, la suspensión delantera de doble trapecio y unos frenos altamente eficaces, hacen el resto. Una vez entramos de nuevo en población, vuelve a ser un civilizado y aburguesado ciudadano más.

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