Lancia Flaminia


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El Flaminia, cuyo nombre fue tomado de la vía Flaminia que conduce de Roma a Rimini, tiene un chasis derivado del Lancia Aurelia, pero convenientemente actualizado y alargado. Estas mejoras también estaban presentes a nivel mecánico (suspensión delantera independiente con doble trapecio, muelles helicoidales, amortiguadores telescópicos y barra estabilizadora). La suspensión trasera mantiene la configuración de Dion, con un transaxle montada en la parte trasera como en el Aurelia. Inicialmente, el Flaminia venía con frenos de tambor, que posteriormente fueron cambiados a discos. El diseño original del Flaminia de 1957 es obra de Pininfarina.

Fabricado entre los años 1957 y 1970, a lo largo de esos años pareció ir sumergiéndose en una amnesia en cuanto a la fabricación de automóviles de lujo, hasta que finalmente pareció olvidarse por completo de cómo se hacían.

Tras la Guerra, la década de los 50 sirvió, principalmente, para que las diferentes industrias nacionales se recuperasen de la contienda. En el caso italiano, a pesar de que su industria fue una de las más devastadas y de que el país trasalpino estaba entre los “perdedores” (Inglaterra también estaba arrasada, sin embargo, ellos sí que ganaron la Guerra y, por otro lado, siempre contaron con el respaldo económico estadounidense), la mayoría de las marcas italianas supieron mantenerse a flote. Aunque seguro que habrá numerosas explicaciones técnicas y económicas a este fenómeno, a los más románticos nos gusta pensar que el amor que este país siente por el automóvil tuvo que ser suficiente para hacerlo posible.

En cualquier caso, nuestro invitado de hoy no fue el encargado de que ese ‘renacimiento’ fuese una realidad. Este papel lo protagonizó de forma brillante su antecesor, el Lancia Aurelia. El Flaminia fue el encargado de recoger el testigo como el modelo de Lancia más alto de gama hasta que, a finales de los 60, su supervivencia económica le hizo pasar a manos de Fiat.

Su diseño se perfiló entre el Salón de Turín de 1956 (con la aparición del primer prototipo) y el de Ginebra de 1957, en donde se confirmó la estética final. La brevedad en su desarrollo se debe sencillamente a que apenas se hicieron cambios de una unidad a otra, siendo lo único destacable la apertura ‘suicida’ de sus puertas traseras, que en el modelo definitivo se sustituyó por un sistema clásico. Internamente, se partió de la base que ofrecía un concept de Pininfarina, el Florida, y el maestro italiano se sacó de la manga una carrocería de líneas suaves y ligeras, a pesar de su larga distancia entre vías con 2.870 mm. El frontal presumía de un diseño limpio, en el que se estrenaba una gran calandra oval (muy Pininfaria de la época) y faros circulares escoltados por otros pilotos más pequeños, encargados de las funciones de luces de posición e intermitencia. Aunque la apertura sobre su capó es más propia de un automóvil de corte deportivo, en este caso se trataba de un elemento necesario para que el sistema de carburación respirase adecuadamente.

Es en la vista lateral donde apreciamos el detalle más representativo de este modelo. La línea de cintura engorda a medida que nos acercamos a la trasera. Sin pretender ser grosero, me permitiré la comparación a que es un efecto visual parecido a las llamadas ‘cartucheras’ que tanto odian la mayoría de las mujeres. Además, el hecho de que Lancia empleara una pintura bicolor para el techo, aletas y capó trasero, hace que resalten más aún en estos modelos. El remate final lo vemos en el parachoques trasero que acompaña y continúa la línea de las aletas desde los pilotos.

La explicación a este elemento estético la tendremos con un sencillo experimento empírico. Les invito a que vayan hasta la página 58 de la revista que tienen entre sus manos y se fijen en como está resuelta la trasera que tenía el automóvil más representativo y admirado a nivel mundial del año 1959, cuando la industria norteamericana era el verdadero referente del planeta. Ahora entenderán perfectamente porqué si los europeos querían vender algo (tanto aquí, como sobre todo, al otro lado del ‘charco’) no les quedaba más remedio que dotar a sus modelos, de una forma u otra, de ornamentos como estos. Estamos en la época de las ‘colas’, y aunque las nuestras nunca llegaron a aquellos extremos, en Europa vivimos tan peculiar moda a nuestra manera y este Lancia, o su coetáneo Mercedes ‘Colas’, son un buen ejemplo.

Técnicamente el Flaminia presentó ciertos cambios con respecto a su antecesor. Si bien se mantuvo el experimentado y excelente motor de 6 cilindros y V estrecha, marca de la casa (con unas cotas casi cuadradas 80×81.5 Mm.), así como la distribución de masas (motor delantero, cambio y diferencial en la trasera) y el puente De Dion. Sin embargo, para el eje delantero se optó por un eficaz y sencillo cuadrilátero y muelles helicoidales, en sustitución del clásico sistema telescopico de la marca.

Lancia Flaminia Berlina 1963

Lancia Flaminia GT

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